Tormenta Roja. La Revolución Rusa (1917-22)
 

SUCESOS QUE CAMBIARON EL MUNDO




Tal vez por causa de la Revolución, la Rusia moderna, que ha convertido la «estabilidad» en uno de los principios fundamentales de su gobierno, y piensa que cualquier revolución va en contra de las bases de su filosofía política, nunca ha sabido que hacer con la carga que le supone el legado de 1917. En todo el país, la iconografía de la Revolución y sus líderes aún se confunde.

Los visitantes de Moscú todavía pueden presentar sus respetos al cadáver momificado de Lenin, que asoma de manera un tanto siniestra de su caja de vidrio en el interior del mausoleo de mármol en la Plaza Roja. Pero una vez en el exterior, apenas a unos pasos del fundador del comunismo ruso, también pueden entrar en unos llamativos grandes almacenes que atraen a sus caros departamentos de moda a los moscovitas ricos. O pueden ver que el último zar y su familia han sido convertidos en santos por la Iglesia ortodoxa rusa, mientras una estación de metro de Moscú todavía lleva el nombre de Piotr Voikov, el hombre responsable de organizar su ejecución.
Una duplicidad que, como ocurre en tantas ocasiones, llegó al disparate cuando en la esta de lanzamiento de un nuevo y ambicioso proyecto diseñado para llevar los acontecimientos de 1917 a la vida de los rusos modernos, un siglo después, cientos de personajes de la élite artística y creativa de la Rusia actual, vestidos como aristócratas zaristas de la época, se dedicaron a celebrar el acontecimiento con caviar a cucharadas y litros de champán.
 

TORMENTA ROJA




eN EL año 2017 se cumple el centenario de la Revolución Rusa, un punto de inflexión decisivo en la historia del mundo. Es el momento donde por primera vez los trabajadores establecieron su propio sistema de gobierno a través de los sóviets, literalmente consejos de obreros, soldados y campesinos. Su objetivo era acabar con la opresión feudal y ayudar a sentar las bases de un orden igualitario.

La revolución comenzó en febrero con el derrocamiento del zar. El gobierno provisional moderado que se estableció después intentó enseguida to- mar medidas serias para llevar a cabo la reforma agraria, poner n a la guerra, o hacer frente a cualquiera de los otros temas centrales que habían provocado la agitación revolucionaria, pero no lo consiguió. En realidad, porque nunca llegó a comprender al pueblo que representaba. Pensaba que todos habitaban un mismo país y hablaban el mismo lenguaje y no se dio cuenta de que la gran mayoría eran tan pobres que parecían vivir en un lugar muy diferente, total- mente desconocido. Por ejemplo, ningún miembro del gobierno provisional, a n de cuentas, de una burguesía culta, llegó a entender nunca lo que era no tener absolutamente nada, o por qué los soldados dejaban las trincheras y se marchaban a casa.

La inevitable crisis llevó al rápido crecimiento del partido revolucionario bolchevique, enraizado en la clase obrera urbana. Prometía «pan, paz y tierra», y eso era más que suficiente. En octubre, los sóviets, dirigidos por los bolcheviques, tomaron el poder y se inició la segunda fase de la Revolución.

El nuevo gobierno mantuvo su promesa al retirarse del matadero de la Primera Guerra Mundial, tomar el control de los bancos y repartir la tierra entre los campesinos, lo que le convirtió en el más progresista de la historia moderna, pero los dirigentes de la Revolución, en particular Lenin y Trotsky, no la vieron solo como el comienzo del «socialismo en un único país», dado el bajo nivel del desarrollo económico ruso, sino más bien como el inicio de una revolución mundial. Ese era su sueño, hacer que el capitalismo occidental colapsara debido a los efectos desastrosos de la guerra. Y ese fue también su error.

Los bolcheviques lanzaron la Internacional Comunista en 1919 para reunir a los millones de trabajadores y jóvenes que apoyaban lo ocurrido en Rusia y rechazaban la labor de los partidos socialdemócratas que habían traicionado a la clase obrera mediante el apoyo a la guerra, y la revolución fue seguida por levantamientos obreros similares en una serie de países, sobre todo Alemania, en los años siguientes, pero apenas se llegó a nada. No condujeron a otro avance anticapitalista decisivo debido a una falta de liderazgo y a que, ni remotamente, aunque también fueran muy malas, se daban en el resto de Europa o en Estados Unidos las mismas condiciones laborales que en Rusia. Si viviéramos en universo idílico y esas revoluciones hubieran tenido éxito, es posible que la humanidad hubiese podido evitar muchos de los horrores del siglo xx, pero como vivimos en un mundo más terrenal, no fue eso lo que ocurrió.
El golpe de octubre, además de a la sublevación obrera y campesina, indujo a las distintas nacionalidades que formaban parte de la inmensa Rusia a declararse independientes y a intentar contrarrestar así el poder central. Los países bálticos, Ucrania, Transcaucasia o Asia Central, por ejemplo, vivieron complicados procesos políticos asociados a la lucha armada, en la que toma- ron parte indistintamente sus fuerzas nacionales, los bolcheviques, los representantes de la «democracia revolucionaria» y los partidarios del Movimiento Blanco. Esos enfrentamientos internos impidieron al país cualquier posibilidad de crecimiento y en 1922, después de varios años de guerra civil y cerco internacional, la URSS, la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, el nuevo estado que había aparecido en el mapa del mundo como culminación de la Revolución, era todavía más pobre que su estado matriz.

Necesitaba un salvador, y apareció Stalin, que había hecho todo el pro- ceso revolucionario agazapado a la sombra de un Lenin ya muy enfermo. Le molestaba Trotski, y se desembarazó de él. Luego, mediante una emergente burocracia conservadora, consolidó el poder y se dedicó a destruir todos los elementos de la democracia obrera. Bajo Stalin, la Unión Soviética inició su progreso económico, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, pero a un terrible coste humano bajo una dictadura totalitaria.

Al final, cuando el estalinismo se derrumbó debido a sus propias contradicciones internas, las clases dominantes de todo el mundo se mantuvieron profundamente hostiles al estado soviético. No porque tuvieran miedo a sus gobernantes, sino porque su sociedad mantenía latente una alternativa a su sistema, una demostración de que el capitalismo podía ser derrocado.

Quienes se habían opuesto a la Revolución desde sus inicios, corrieron a explicar las razones de su descomunal caída: dijeron que fue realmente un golpe de estado en lugar de un levantamiento de masas. Armaron que el régimen de Lenin condujo inevitablemente al gulag de Stalin y aseguraron que la experiencia soviética demostraba que una economía totalmente en manos del estado no podía funcionar; que había un «término medio», —precisamente el que ellos defendían—, que podría haber resultado si no hubiera sido por los bolcheviques: la democracia liberal.


 
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