Tormenta Roja. La Revolución Rusa (1917-22)
 

SUCESOS QUE CAMBIARON EL MUNDO




La figura del tirador de precisión ha tenido desde la década de los 80, a causa de lo sucedido en el conflicto en la antigua Yugoslavia, un rechazo instintivo en la opinión pública e incluso en muchos ámbitos castrenses, sin tener en cuenta que, siempre, como ocurre con el resto de armas, tipos de fuego empleados, actitudes o decisiones políticas, lo verdadera- mente reprobable es su empleo en contra del Derecho de la Guerra. Más aún, lo realmente trágico y condenable es llegar a un conflicto armado.


La guerra psicológica forma parte también de la estrategia de los francotiradores, en el sentido de desmoralizar a las tropas enemigas. La frase «un disparo, un muerto», que tanto se ha utilizado en ese contexto místico de los tiradores de precisión, incorpora precisamente esas referencias a tácticas y filosofía de furtividad y e ciencia: una única bala evita cualquier otro disparo, pues el primero siempre es certero.
Múltiples ejemplos que han corrido boca a boca alimentan esta leyenda. Desde que los alemanes disparaban en las trincheras de la Gran Guerra solo a los hombres con bigote, pues los oficiales eran los únicos autorizados a llevarlo, o que los guerrilleros del Movimiento 26 de julio, en Cuba, solo tiraban sobre los soldados de Batista que habrían la marcha de las columnas, para que ninguno quisiera encabezarlas, hasta que, en Corea, los únicos que corrían un serio peligro de ser alcanzados por la bala de un francotirador chino eran los oficiales aliados que llevaban gafas Ray-Ban.
Recientemente en Irak surgió la leyenda de un francotirador iraquí de nombre o seudónimo Juba que aterrorizaba a los estadounidenses. Disponía de una página en Internet donde mostraba en varios idiomas los videos grabados con una cámara instalada en su fusil semiautómatico Dragunov. Las imágenes muestran claramente a soldados estadounidenses alcanzados por sus disparos, principalmente en el cuello y la cabeza —para eludir el casco y el chaleco blindado—, y a Juba —que posteriormente aseguró haber conseguido 143 blancos—, al regresar de una misión y realizar en la pared la marca de su víctima número 37.
 

CAZADORES DE ALMAS




A LA HORA DE GANAR UNA GUERRA o establecer los grandes movimientos y tácticas de los campos de batalla, los francotiradores son algo irrelevante, pero en el combate diario, probablemente sean los soldados más valiosos. Su poder psicológico magnífica enormemente el efecto de su actuación.

Según la definición de la Real Academia Española, un francotirador es un «combatiente que no pertenece al ejército regular; una persona aislada que, apostada, ataca sin ser vista con armas de fuego; o bien una persona que actúa aisladamente y por su cuenta en cualquier actividad, sin observar la disciplina de grupo».

Sin embargo, si se habla en términos militares, al francotirador se le define como «todo fusilero especialmente adiestrado y equipado que, por lo general, combate al acecho y aislado, para hacer fuego selectivo y preciso de largo alcance sobre el enemigo, que por su distancia, dimensiones, localización, naturaleza o visibilidad no puede ser abatido por el tirador medio».

Lo cierto es que puede parecer espeluznante la forma en que los francotiradores acechan a sus víctimas, estudian sus hábitos y, luego, les quitan la vida sin piedad, pero a pesar de ello nunca fueron asesinos sin sentido, si no profesionales encargados, como tantos otros, de cumplir una misión determinada. En este libro trataremos desde sus primeras acciones en el siglo xix, hasta los contemporáneos conflictos del siglo xxi en que participan los que hoy se denominan «tiradores de precisión».

Durante las guerras que España mantuvo en Marruecos a principios de siglo, al francotirador rifeño se le comenzó a llamar popularmente «paco», una onomatopeya que recrea el ruido seco de la bala al pasar sobre el observador, seguido de la detonación del disparo en la boca de fuego, que llegaba a sus oídos segundos después de producirse, con un gran parecido al sonido «pac ... o». De esa palabra «paco» se derivaron los términos «paquear», «paqueo», «contrapaco», «contrapaquear» y «contrapaqueo», muy utilizados para hacer referencia a todo lo que tenga que ver con los tiradores. Ya adelantamos que nosotros apenas emplearemos esos vocablos, a pesar de tener una raigambre tan hispana.

El tirador de precisión —cualquier tratado oficial en cualquier época e idioma coincide—, además de ser un excelente tirador, lo que se da por des- contado, debe estar dotado de buena resistencia física para moverse en toda clase de terreno y condiciones ambientales; debe poseer suficiente resistencia psíquica para permanecer aislado y al acecho durante largos periodos de tiempo seleccionar sus objetivos y decidir en un momento determinado si cambia su posición o se repliega; además de saberse orientar, observar identificar y designar objetivos y ser diestro en el arte de la ocultación y el enmascaramiento, pues el éxito de su misión y supervivencia van a depender siempre de su capacidad de pasar desapercibido frente al enemigo. No puede olvidarse que un francotirador es un combatiente altamente especializado de difícil sustitución, lo que lo obliga a no correr riesgos innecesarios y a abrir fuego solo con las máximas garantías de hacer blanco para poder luego abandonar su posición y regresar a sus propias líneas sin percances.


Esto, hoy, acostumbrados a que con cierta frecuencia aparezcan películas sobre el tema, puede resultar una obviedad, pero hasta el final de la Primera Guerra Mundial la mayoría de las potencias enfrentadas no llegaron a apreciar la importancia de que un francotirador estuviera en el campo de batalla. A pesar de que resultaban vitales para la recopilación de información, y podían actuar como observadores avanzados para las unidades de artillería o la aviación.

En el Somme, en 1916, por ejemplo, ambos contendientes no solo apenas los valoraban, sino que los odiaban. Los mismos soldados que estaban dispuestos a avanzar de forma suicida contra el fuego de las ametralladoras ale- manas o británicas para morir inútilmente, albergaban un temor especial ante las fotografías de los francotiradores. Todos los que fueron capturados por uno u otro bando acabaron cosidos a bayonetazos, fusilados o colgados. Lo mismo ocurrió en la Segunda Guerra Mundial, un conflicto donde ya se realizaban enormes matanzas de forma impersonal y mecanizada.

Los matices a la hora de emplear a un combatiente dotado de un fusil de precisión —y hacemos referencia explícita a la palabra «combatiente», pues no nos ocuparemos de asesinos psicópatas salvo en el capítulo dedicado a lo ocurrido en Sarajevo a finales del siglo xx, y en un corto anexo final— varían progresivamente desde el tirador selecto, dotado de un fusil igual al del resto de sus compañeros, pero con un mayor alcance e caz a causa de su puntería, mejorada con una mira telescópica, que actúa normalmente encuadrado en una unidad mayor y dispone de escasa iniciativa, hasta esos tiradores de precisión a los que ya hemos hecho referencia, que actúan generalmente aislados y con mayor capacidad de decisión.

La figura del tirador de precisión ha tenido desde la década de los 80, a causa de lo sucedido en el conflicto en la antigua Yugoslavia, un rechazo instintivo en la opinión pública e incluso en muchos ámbitos castrenses, sin tener en cuenta que, siempre, como ocurre con el resto de armas, tipos de fuego empleados, actitudes o decisiones políticas, lo verdaderamente reprobable es su empleo en contra del Derecho de la Guerra. Más aún, lo realmente trágico y condenable es llegar a un conflicto armado.


La guerra psicológica forma parte también de la estrategia de los francotiradores, en el sentido de desmoralizar a las tropas enemigas. La frase «un disparo, un muerto», que tanto se ha utilizado en ese contexto místico de los tiradores de precisión, incorpora precisamente esas referencias a tácticas y filosofía de furtividad y e ciencia: una única bala evita cualquier otro disparo, pues el primero siempre es certero.


El francotirador resulta un arma óptima para la guerra asimétrica cuando un bando se encuentra en franca desventaja, pues debido a sus tácticas, muy pocos individuos sin apenas recursos pueden desencadenar el terror entre una fuerza muy numerosa y detener su avance.

Un ejemplo muy claro que nos permita visualizar mejor esta afirmación es lo que ocurría en Irlanda del Norte en las décadas de 1980 y 1990, durante la época más dura del enfrentamiento entre el PIRA, el Ejército Republicano Irlandés Provisional, y el ejército británico. Muchos francotiradores, además de realizar las misiones que tenían encargadas, se colocaban en posiciones obvias y actuaban como cebos para atraer a una emboscada a las patrullas británicas que se acercaban a detenerlos. Otro, los francotiradores argentinos que detuvieron el avance británico en las Malvinas los primeros días de la invasión de las islas.


Hay decenas de casos y protagonistas. Nosotros hablaremos de sus tácticas y armas y profundizaremos en sus métodos y personalidad. Simo Häyhä, Helmut Wirnsberger, Carlos Hathcock, Roza Shanina, Vasili Záitsev, o Chris Kyle y Abu Tahsin —un francotirador de 62 años, se hizo famoso en 2016 al asegurar que desde el año anterior había matado al menos a 173 militantes de la organización terrorista Estado Islámico en apenas doce meses—, entre otros muchos, forman parte de este elenco de tiradores de élite.


 
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