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UN HÉROE LLAMADO «SCOTTY»

El hombre que salvó al bisonte americano

De nuevo un lector y oyente de La Escóbula de la Brújula me ha vuelto a preguntar por una obra que cité en la radio sobre la matanzas de bisontes en el Oeste americano en la segunda mitad del XIX. La obra era «Butscher’s Crossing», de John Williams, editada por Lumen, que narra la historia (de ficción) de Will Andrews, un joven graduado en la universidad de Harvard, que decide dejar todo lo que una gran ciudad puede ofrecerle y emprende un viaje hacia el Oeste, acabando en pueblo de mala muerte en el interior de Kansas, llamado como la novela, donde conoce a Miller, un cazador experimentado al que se unirá en una expedición de caza de bisontes, en una obra sobre un mundo que estaba muriendo, y un tipo y estilo de vida que estaba cambiando para siempre por la llegada masiva de colonos blancos.

Hacia 1800 unos 60 millones de bisontes recorrían las grandes llanuras del interior de los Estados Unidos, y para los indios, nómadas errantes, eran, desde hacía miles de años, la base de su vida. La domesticación de los caballos españoles que vagaban por las planicies al Norte del Río Grande los convirtió en excelentes jinetes y amplió su movilidad, y la tenencia de armas de fuego a partir del siglo XVIII, hizo de ellos unos formidables cazadores. Para los indios de las praderas el bisonte era todo. Usaban su piel para hacer su ropa y sus tiendas; comían su carne y su grasa rica en Omega 3; hacían aceite para curar sus heridas; conservaban la carne secándola al sol; empleaban las pezuñas para hacer pegamento; los tendones para usarlos como hilo de coser y cordaje de sus arcos; los huesos para hacer agujas y flechas; los sesos para untar las pieles y hacerlas más suaves; y las boñigas secas para el fuego de sus hogares.

La vida de los indios dependía absolutamente de los bisontes, pero en la segunda mitad del siglo XIX, los intrusos blancos que llegaban en un número cada vez mayor, comenzaron a sentirse cada vez más interesados en ellos. La carne del bisonte no era especialmente apreciada en el Este, pero la construcción de las líneas de ferrocarril que atravesaban el continente , y la necesidad de alimentar a miles de trabajadores a cientos de millas de cualquier núcleo urbano, hizo que las empresas constructoras comenzasen a valorar los bisontes como una importante fuente de comida, y contrataron a decenas de experimentados cazadores para que les suministrasen carne fresca (uno de ellos fue Bufalo Bill).

La caza del bisonte se convirtió en un trabajo que garantizaba el empleo a antiguos vaqueros, tramperos desocupados y veteranos de la Guerra Civil, hombres duros acostumbrados a la vida en el campo, y los rigores de la naturaleza salvaje. Pero había algo más, el aumento de la población y la necesidad creciente de cuero, hizo que dada la existencia de miles de piezas de bisonte que se amontonaban en los campamentos de los ferrocarriles, se les buscase alguna utilidad al margen de la carne, y en 1870 se logró eliminar las duras cerdas de la piel para hacerla más flexible, mediante una técnica que consistía en sumergirlas en una solución de agua y cal, permitiendo la obtención de unos cueros que pronto fueron muy apreciados, contándose además con la ventaja de que se podía transportar las pieles a almacenes que se construyeron en puntos clave de las líneas de ferrocarril, y desde ahí, llevarlas a las grandes ciudades del Este.
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«An Old Time Plains Fight». Obra de Frederick Remigton (1861-1909)

Esta demanda dió origen a toda una industria, que se apoyó además en la tecnología, ya que la extensión de los rifles de repetición, estilo Henry, especialmente los Winchester, permitían a los cazadores abatir decenas de piezas al día, dando comienzo a una masacre monumental, que se duró casi dos décadas. El trabajo era duro, desagradable y brutal. Durante expediciones que duraban semanas se abatía a balazos a los bisontes por millares, pero antes de llevar las pieles a los almacenes del ferrocarril, había que tratar las «piezas». Primero había que desollar y despedazar los animales muertos, un trabajo que se realizaba en el campo, con cuchillos, hachas y sierras, durante jornadas enteras, separando la carne para los trabajadores del ferrocarril (y para los propios cazadores, que comían también el corazón para evitar la cetosis de una dieta sólo de proteinas), separando las lenguas, que siendo muy apreciadas se acumulaban en barriles con sal (a 1 USD $ cada una, lo que era muchísimo). Las pieles se ataban en fardos y cargaban en carros, dejando que el resto se pudriera en el campo. Tras el agotador trabajo, los cazadores acababan cubiertos de sudor y sangre, en una tierra llena de vísceras y huesos con un hedor que se apreciaba a kilómetros, en la que se amontonaban miles y miles de huesos que semanas después se recogían para ser triturados y empleados como abono en los campos de maiz y trigo.
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Una montaña de calaveras de bisontes antes de ser triturados. «Burton Historical Collection». Detroit Public Library.

Por supuesto, a la mayor parte de los políticos y militares les importaba un bledo la muerte de los bisontes, porque sabían que su desaparición arrastraba la de los indios de llanuras que, sin ellos, se morirían de hambre. Así que dejaron e incluso animaron, a que la matanza cointinuara, siendo de tal magnitud que en 1890 sólo quedaban 750 bisontes en todo el territorio de los Estados Unidos.
.... Y es aquí, donde surge la figura de nuestro desconocido héroe … porque había una persona (en realidad hubo varias) a las que el bisonte, si importaba. No era americano, y de hecho había llegado de Escocia a los 15 años, estableciéndose en Kansas, en medio de las llanuras, aunque marchó a Dakota cuando supo del hallazgo de oro en las Colinas Negras. Allí pasó unos meses, pero pronto dejó la minería, y James Philip, conocido como «Scotty» por su origen, marchó a Fort Laramie, en el territorio de Wyoming, donde trabajó para el gobierno hasta que se mudó a Fort Robinson, en Nebraska, para cortar heno y llevar mensajes para el Ejército, trabajando también como vaquero en uno de los primeros ranchos de ganado en la región. 

Con el dinero de estos trabajos compró un equipo de mulas y un vagón de carga, y comenzó a formar una manada de ganado, tiempo en el que conoció a Sarah Laribee, una india Crow cristiana, con quien se casó en 1879. Tras su matrimonio se mudó a Clay Creek, donde comenzó a criar ganado y a transportar material pesado. Desde su rancho llevaba carga desde Nebraska a Colinas Negras y sus campos mineros, negocio muy lucrativo, que le permitió, en 1881, trasladar su rancho a la desembocadura del arroyo Grindstone, a lo largo del río Bad, en una reserva india. A los hombres blancos no se les permitía llevar ganado a la reserva, pero Scotty estaba casado con una india y podía.

Allí conoció a Pete Dupree, cuyo hijo, que se llamaba Fred, se empeñó en proteger y salvar a cinco crías de bisonte de un grupo de caza en Grand River en 1881. Los Dupree se dedicaron con mimo a cuidar su pequeña cabaña de bisontes de los cazadores, y en 1899, cuando Pete murió, contaban ya con 74 cabezas, que Phillip, ya muy afectado por el triste destino de los bisontes, compró al cuñado de Dupree, llamado Dug Carlin.

Mientras tanto, durante la última década del siglo su hacienda prosperaba, y en 1898 fue elegido representante al Senado por Dakota del Sur, ocupando otros cargos electos como miembro del partido Demócrata. 

Consciente de que sus bisontes eran la última oportunidad de la especie por sobrevivir, pues los pocos que quedaban seguían siendo abatidos ante la indiferencia general, Scotty compró y preparó una zona especial de praderas verdes y pastos al Oeste del Missouri al norte de Fort Pierre, ya en Dakota, y allí condujo la manada acompañado de sus vaqueros en 1901, para que tuvieran un refugio en el que sobrevivir. 

Cuando murió en 1911, diez años después, fue enterrado en un cementerio familiar cerca de los pastos de sus animales protegidos, y cuentan que, cuando la procesión del funeral pasó, los bisontes bajaron de las colinas en silencio... El periódico «Black Hills Visitor Magazine», en un artículo sugiere que, según los vecinos, los bisontes mostraron su respeto «al hombre que los había salvado». Hoy en día hay unos 350 000 ejemplares, que en gran parte le deben su existencia a una sola persona buena, que demostró que, con esfuerzo y voluntad, hacer grandes cosas es posible.

21 de marzo de 2019

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«American Soioux and Bison», por Spadecaller (Bison Art Work).
Nota:

Esta página es complementaria de mi Web Site  «El Espejo Mágico»        

     

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