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NAVES MANCAS

Desde el principio de la civilización, el mar ha sido una de las principales vías de comercio y el intercambio de ideas entre pueblos diferentes, y en este sentido, la posición de la Península Ibérica, situada en el extremo occidental del Mediterráneo y proyectándose al Atlántico, ha tenido siempre una importancia decisiva. En nacimiento y desarrollo de las armadas de Castilla y Aragón tuvo elementos comunes derivados de la geografía y la historia, pero también un desarrollo y una evolución distinta basada en la naturaleza diferente del entorno en el que actuaban, y cuando tras el matrimonio de Isabel y Fernando sus flotas comenzaron a actuar de forma conjunta, en el comienzo del lento proceso que dio lugar al nacimiento de la Armada Española, se trataba en ambos casos de fuerzas navales poderosas, importantes en el ámbito político y estratégico que se extendía de Italia a las islas del Atlántico, y capaces de influir de forma decisiva, como finalmente sucedió, en la historia del mundo.


Pero para llegar a ese momento, hubo que recorrer un largo camino, jalonado de dificultades, éxitos y fracasos, y estamos seguros de que esa historia apenas conocida, llamara su atención y avivará su imaginación.

La mañana del 14 de junio de 1616, el toledano Francisco de Ribera, capitán de mar y guerra de la armada corsaria del duque de Osuna, se encontró en aguas del cabo Celidonia, en la costa de Anatolia, con cincuenta y cinco galeras de la flota turca, a las que solo podía oponer su escuadrón de seis veleros. En un asombroso alarde de ingenio, destreza y valor, las «naves mancas» españolas derrotaron a las otomanas y acabaron con una tradición naval de más de tres mil años. Los buques a vela, perfectamente desarrollados durante la segunda mitad del siglo xv, con una estrategia militar totalmente definida, se convirtieron así en los protagonistas de la navegación. Del Mediterráneo al Pacífico, durante dos siglos, el viento en las velas empujará a galeones, fragatas y navíos de línea a una aventura infinita en la que ya no existirán barreras. El dominio del mar se hará imprescindible. La lucha por conseguirlo, implicará a todas las naciones del mundo civilizado en una larga guerra sin cuartel en la que España, día tras día, encontrará cada vez un número mayor de enemigos. Será una lucha sorda, difícil y olvidada, en la que sus flotas, superadas en recursos y fuerza, conseguirán, en un esfuerzo titánico, mantener abiertas las rutas con América y Asia, esenciales para la supervivencia de la monarquía y la nación. Naves mancas trata del papel jugado en la Historia por las armadas de España durante esos años, los del apogeo de las naves a vela, invitando al lector a un nuevo desafío.
 

Guerreros, mapas, infografías de barcos, banderas ...

Para este libro hemos contado con el fabuloso trabajo de José Carlos IribarrEn, uno de los mejores dibujantes e ilustradores de este país, que ha realizado media docena de asombrosas infografías de barcos medievales españoles, desde galeras musulmanas a carabelas, pasando por cocas y naos, para ofrecernos una fascinante imagen de las naves de las armadas de los viejos reinos de España.

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MAR DE VIENTO

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A lo largo de la historia ha habido dos grandes tendencias a la hora de conseguir las tropas para entrar en guerra: utilizar ciudadanos, como, en general, fue el caso del Imperio romano y la mayoría de los países después de la Revolución Francesa, o recurrir a mercenarios, como hicieron Aníbal y las ciudades italianas del Renacimiento.

    La aparición de los modernos mercenarios se produjo al final de la Segunda Guerra Mundial, con la desmovilización de los ejércitos de masas. Millones de antiguos soldados intentaron retomar su vida civil. Muchos de los que no lo consiguieron, o ya no les gustaba, buscaron empleo en la vida militar: bien como voluntarios a sueldo, bien como modernos soldados de fortuna, que se ofrecían para emplear sus conocimientos técnicos —como los aviadores y marinos— en tareas de asesoramiento o para desempeñar funciones puramente militares.

    Fue la época en que surgieron muchos de los mercenarios franceses, británicos y belgas que actuaron durante el proceso de descolonización de las décadas de los sesenta y setenta. Las antiguas potencias coloniales, para salvaguardar sus intereses comerciales, particularmente en África, se sirvieron de ellos para luchar contra los movimientos de liberación nacional. Después, continuaron con acciones esporádicas en algunos conflictos armados hasta que, en 1989, con el fin de la Guerra Fría, fueron desplazados por el fenómeno de las empresas de seguridad.

    En la actualidad, al mercenario clásico lo han sustituido compañías militares privadas tipo Blackwater. Frente a la discreción con que se actuaba a mediados del siglo XX, muchas de ellas disponen de portales en Internet y de servicios de relaciones públicas destinados a la prensa y a futuros clientes. El soldado de fortuna ha pasado a ser algo así como un subcontratado, sin la aureola existencialista, aventurera y legendaria de aquellos viejos guerreros a sueldo que luchaban en parajes exóticos y, tan a menudo, fueron dejados a su suerte en condiciones infernales.

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SOLDADOS DE FORTUNA

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Mercenarios alemanes en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648)

Retrato de un condotiero. Obra de Giovanni di Niccolò Luteri, realizada hacia 1520.

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Un imperio —del latín imperium— es, en los términos más rigurosos, un Estado multirreligioso, multicultural y multiétnico que ha conseguido parte de su territorio por conquista y que mantiene su expansión mientras no se produzcan presiones externas o internas de cualquier tipo. Por extensión, imperio puede hacer alusión a la etapa histórica donde una etnia o nación desarrolló una política característica, o bien, a la potencia que ejerce el poder imperial. A principios del siglo xx el término imperialismo adquirió la connotación peyorativa que actualmente tiene, en parte gracias a Lenin, quien afirmó: «la guerra de 1914-1918 ha sido, de ambos lados beligerantes, una guerra imperialista, una guerra por el reparto del mundo».


El último Estado que oficialmente ostentó el título de imperio fue Japón. Cambió su denominación tras el drástico cambio de su política interior tras la Segunda Guerra Mundial. En el marco de la Guerra Fría se inició una nueva época donde la palabra imperio fue reemplazada por términos políticamente más correctos, como ‘seguridad nacional’ o ‘posicionamiento de bloque’, y surgieron los ‘imperialismos, que poco tienen que ver con el concepto cásico del término que nos ocupa. Ahí surgió Estados Unidos, que cierra esta obra; en los últimos años se la ha calificado de imperio por su política belicista y por la enorme presión que ejerce a partir de su dominio económico.

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ATLAS DE IMPERIOS

Una obra llena de ilustraciones de diseño moderno, mapas, gráficos, líneas de tiempo, fotos e infografías ...


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GLORIA IMPERIAL

Durante el siglo XVI en el Mediterráneo se dieron cita estados, gobiernos, estrategias y tácticas, pero, sobre todo, galeras, convertidas en el principal instrumento para hacer la guerra. Lepanto se ha planteado siempre como una lucha religiosa.

Este libro, publicado en el 450.º aniversario del acontecimiento, nos muestra cómo esa causa quedaba también subordinada al poder y a mayores beneficios comerciales. Al comienzo de la batalla, el Imperio otomano poseía la armada más grande del mundo; cinco horas más tarde había dejado de existir, y perdido toda su hegemonía y poder marítimos. 

Sin duda, tras enfrentarse a la Liga Santa financiada por Felipe II y encabezada por su hermanastro Juan de Austria, el Turco no estaba acabado, pero ya nunca volvería a ser el mismo ni a participar en un combate naval de importancia.

Como siempre, les ofrecemos un libro moderno con mapas, gráficos, e ilustraciones


450º aniversario de la jornada de lepanto

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Entrevista cope

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El jueves 10 de junio participé en programa de Carlos Herrera en la COPE hablando del libro y de la batalla de Lepanto. Aquí tienen la entrevista.

... y además, hay una entrevista en la revista CLÍO.

Una nave europea reflejada en el Códice Boxer, un ejemplo del asombro, temor y admiración de los buques oceánicos europeos despertaron en Asia

El descubrimiento del Océano Pacífico, como tantas otras cosas de este mundo, fue motivo de la necesidad. Una necesidad que se refleja en la historia de las exploraciones entre 1400 y 1600 como un esfuerzo mantenido durante dos siglos por españoles y portugueses que registró en esa época sus resultados más espectaculares y los condujo a todas partes del mundo.  Ese esfuerzo, que supuso también disponer de ideas progresistas, amplios medios y hombres capaces, estuvo ligado —y no debemos olvidarlo nunca— a dos tipos de exigencias: espirituales y materiales.


En el orden espiritual, al afán de la iglesia de llevar la cruz a los infieles y extender el cristianismo al mismo tiempo que incrementaba sus privilegios. Una importantísima razón que le había funcionado desde la Edad Media y siempre hay que tener en cuenta.


En el material, en primer lugar, a la imprescindible obligación de obtener mercancías de extremo Oriente, sobre todo especias; después, a medida que se iban descubriendo territorios vírgenes y todos esos temas quedaban en manos de los diferentes gobiernos, a la búsqueda de oro como motivo principal. La forma tradicional en Europa de financiar los negocios o las guerras, y obtener poder.

La bula Inter Caetera, del papa Alejandro VI, publicada con fecha 4 de mayo de 1493, trató de evitar las disputas que pudiesen surgir entre castellanos y portugueses. Otorgó a los primeros el derecho a las tierras que se descubriesen al oeste del meridiano que pasase a 100 leguas al oeste de las Azores, y dejó para los portugueses las que quedasen al este.


Poco más tarde, el 26 de septiembre, otro documento del Papa, la bula «Dudum siquidem» extendió el privilegio de los ya «Reyes Católicos» a poseer tierras orientales, siempre que accediesen a ellas por la recién descubierta ruta de poniente. Finalmente, representantes de ambos reinos firmaron en Tordesillas, el 7 de junio de 1494, un tratado que llevaba la primitiva línea límite entre ambos reinos a 370 leguas al oeste de las Azores.


Quedaban aclaradas las zonas de influencia de ambos reinos, pero solo en teoría y sobre el papel, pues en el siglo xv era prácticamente imposible marcar los límites del meridiano. Se optó por seguir la política de hechos consumados: llegar primero. Así fue como España llegó a Asia, donde se quedaría 300 años.

Una armadura namban, modelos japoneses con piezas o influencias europeas, una  de las mejores pruebas de la enorme influencia de portugueses y españoles en Japón.

Los guerreros de los grupos tribales filipinos —izquierda— eran muy distintos en organización y tecnología pero supusieron un importante desafío para los combatientes castellanos  —centro— muchos de los cuales eran novohispanos incluyendo un importante grupo de auxiliares de Tlaxcala —derecha—

En Oriente, donde estaban las riquezas de las legendarias islas de las especias, los reinos de Conchinchina o el casi desconocido imperio Chino, las naves españolas y portuguesas ejercieron durante siglos un dominio incontestable. «Barcos Negros» —kurofune— fue el nombre con el que las conocieron los habitantes del Japón cuando arribaron a sus costas en el siglo XVI. Una época de esplendor, un siglo mágico abierto con el descubrimiento de la Mar del Sur —bautizado como Pacífico en 1513 por Vasco Núñez de Balboa —, ampliado con la exploración de la costa Sur de Nueva Guinea por Luis Váez de Torres, y cerrado con la localización de los principales archipiélagos de Oceanía.


Una centuria en la que el Pacífico, a pesar de los múltiples enemigos que tenía España se convirtió en un lago de su propiedad, sin que esa situación la alterara lo más mínimo cualquier incursión de los corsarios ingleses. Lo que el lector tiene entre manos va desde el plan español para invadir China a los conflictos en Borneo, Brunei, Camboya, Japón y las islas Filipinas. Un libro de navegantes, exploradores, misioneros y guerreros. 


lOS COMBATES DE CAGAYÁN

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